Conspiraciones y rebeliones en el siglo XIX: la revolución del Cuzco de 1814
LA REVOLUCION DEL CUSCO DE 1814 295 derían en adelante de su mano. Así parece del acta inserta en el proceso a fojas once. Parece asimismo que por su destreza en el manejo de los ne– gocios públicos, por su genio astuto, y por su declarada adhesión al criminal sistema de levantamiento, logró posesionarse de la con– descendencia ·y voluntad de los jefes, o caudillos, a quienes dirigía y aconsejaba, creciendo a tal extremo su gran influencia, aun para con los demás, que prevaleció su voz en Ja junta que se hizo para tratar sobre el perdón que les propuso el excelentísimo señor Vi– rrey del Reino, sí reponían las autoridades, volviendo las cosas al ser y estado de orden que estuvieron anteriormente. En ella concurrió Becerra bie.n preparado a rehusar la propo– sición; tal que a pesar de la bella disposición que los otros mani– festaban en admitirla, se opuso este malvado, trayendo a conside– ración que a Diego Túpac Amaro lo decapitaron con otra igual pro– puesta, pues los perdones del Rey constantemente encubrían la fal– sedad y el engaño; con cuya especie lo trastornó todo, y dio así un nuevo fomento al desorden. Conste también del proceso que este ingrato hombre olvi– dado de los públicos beneficios que debía al Soberano, no sólo conspirá a rebelar esta provincia, smo que aun pretendía borrar toda insignia y caracteres que pudiesen recordar su real memoria pues que al ver a Pumacahua continuar usando las armas que servían de ornato a su banda, se las hizo quitar dándole un es– cudo de otras con jeroglíficos de los Ingas: procediendo ya en esto bajo Ja idea de procurar que se adaptase el sistema de re– versión a la gentilidad; lo cual es tan verosímil cuanto que el mismo reo en su confesión todavía asegura que se gloría y hace alarde de ser noble descendiente de los antiguos Ingas, al paso que Pumacahua en su declaración expresa ser ésta una falsa su– posición que sólo envolvía la mira de conciliarse la opinión y respe– to de los indios hacia su persona; mas es indudable que el común designio de todos ellos es el de acabar y exterminar a todo indivi– duo de cara blanca, para que sólo quedasen los de su clase. Aunque el reo Becerra pretenda hoy negar sus más principa– les circunstancias que prueban plenamente sus delitos alegando atrevidamente que ha sido un fiel vasallo del Rey, y que como tal ha sufrido persecusiones como podrá preocupar los ánimos cuando la notoriedad de sus hechos le contradicen. Es demasiado constante que a él le nombraron Juez de vigilancia, cuyo encargo a nadie pudo caber, sino al más olvidado insurgente, al más ce– loso partidario de la revolución al más interesado en sostenerlos
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