Conspiraciones y rebeliones en el siglo XIX: la revolución del Cuzco de 1814
606 MANUEL JESUS APARICIO VEGA o morir. Su pormenor os obligará necesariamente a confesar, que cuanto habeis hecho hasta aquí en auxilio de dicho ejército, y mucho más que hiciéseis, jamás podría corresponder a la gran· deza del beneficio que habéis recibido, ni a la entidad de los sa– crificios del ejército, especialmente si atendéis a que, por conse· cuencia de esa memorable jornada de Umachiri, que hará época en la posteridad, está ya derrocado el coloso del Cusco, y entre· gados al olvido los Angulos, los Béjares y otros caudillos, cuya permanencia sobre la tierra, manchada con arroyos de sangre que han derramado por dar pábulo a sus criminales pasiones, habría sido contraria a la ley, y a nuestra propia seguridad. Arequipe· ños: Según los avisos oficiales publicados ayer, confirmatorios de las anteriores noticias, ya desaparecieron los peligros que ame· nazaban vuestras propiedades y vuestras vidas, ya podéis contaros libres de ellos, entonando himnos de alabanzas al Dios de los ejér· citos, que visiblemente nos ha amparado y protegido. Para que así lo hagáis en reunión de todas las corporaciones, el domingo 23 del corriente se ha señalado por el Ilustrísimo y dignísimo señor Obis· po de esta ciudad y su Diócesis, a la celebración de una misa solemne de gracias en su santa Iglesia Catedral, continuando las de los conventos y monasterios. Concurrid pues a ellas con el es– píritu de religión, y reconocimiento que nos deben inspirar las mi· sericordias del Señor. En la noche del día de hoy y de los dos si· guientes, manifestad también vuestra complacencia y regocijo, por una iluminación general que espero se verifique sin otra con· minación que descubrir por ella la satisfacción de cada uno con tan plausibles motivos. Sucesivamente y a la mayor brevedad, se procederá a honrar con los sufragios de nuestro justo reconoci– miento la memoria del finado señor Gobernador Intendente de es· ta provincia Don José Manuel Moscoso, de ese héroe defensor de Zaragoza, que ha reproducido en nuestros días la gloria de los Macabeos. Lo admirasteís ejemplar por su bondad, por su desin· terés, por su justificación y por la rectitud de sus intenciones, y sin incurrir en la abominable nota de ingratos, no podéis pres· cindir de inmortalizar su nombre en vuestros corazones, y de llo– rar su pérdida comparable con las de Daolz y Velarde, a quienes recordará eternamente la nación por el 2 de mayo de 1808. Arequi· peños: El gobierno deja a la nobleza de vuestros sentimientos, la tierna consideración a que es acreedor un magistrado que ha sido víctima de su amor al rey y a la verdadera patria, de su ho– nor y de vuestra seguridad, y la abominación con que debe ser mirado cualesquiera que se manifieste contrario a ese deber de
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