Conspiraciones y rebeliones en el siglo XIX la revolución del Cuzco

168 LA REVOLUCION DEL CUZCO DE 1814 <loza, decapitados ya en el día todos tres; los que pusieron al prin– cipio a este Público en una opresión que apenas tuvo libertad pa– ra deliberar sobre el partido que debía abrazar en esta tan ines– perada como violenta crisis. Por ello es que reunidas las corpo– raciones eclesiásticas y civiles, nombraron al propio Angulo de Comandante general de las armas, y pidieron por la libertad de todos los europeos y empleados que se hallaban presos, y con riesgo inminente de ser sacrificados a la barbarie y a la embria– guez de los autores de este desorden. A los pocos días ya se notó una variación considerable en la opinión pública, dirigida por los eclesiásticos seculares y regula– res, que a excepción de unos pocos, abrazaron con tal entusiasmo este sistema destructor, que muchos de ellos han sido caudillos de tropas armadas; debido todo al ejemplo del obispo de esta dió– cesis Dn. José Pérez Armendariz, que en su ancianidad, mejor di– remos decrepitud de ochenta y siete años, dirigido por su Provisor Dn. Hermenegildo de la Vega, ha dado las lecciones más escanda– losas de insubordinación a V.M., que podemos asegurar con ver– dad que ha hecho más estrago en la justa causa con sus órdenes a los eclesiásticos de la diócesis, con sus conversaciones familia– res, y con la admisión y autorización con su clero del juramento para que obedeciesen al (f. 30 v.) Tirano, que con toda la fuerza armada que este tenía a su orden. El Tribunal ignora el partido que sobre este punto tomará el General del ejército; pero sea el que fuere, comprende que mientras no se separe a este obispo y a su Provisor de esta Provincia, solo la fuerza armada podrá im– pedir la renovación de una convulsión tan funesta y tan perju– dicial. El creer que el citado obispo y su Provisor puedan variar de opinión, es creer un imposible. Su edad casi nonagenaria y la absoluta debilidad de sus potencias lo incapacita del todo; por lo que se persuade el Tribunal que su separación es de justicia y de rigorosa necesidad para la conservación del orden público; como lo deberán ser de sus doctrinas Dn. Eduardo Navarro, cura de Capri; Dn. Juan Becerra y Dn. Ildefonso Nuñecas, vicario de la parroquia de españoles de esta capital; Dn. Juan Angulo, cura de Lares, hermano del rebelde José Angulo; y Dn. Francisco Carras– cón, europeo, prebendado de esta Santa Iglesia: los tres primeros por haber sido jefes de tropas insurgentes; el cuarto, por haber abandonado su grey por todo el tiempo de la insurrección, y con– servádose al lado de su hermano, dirigiéndolo con sus infames

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