Conspiraciones y rebeliones en el siglo XIX la revolución del Cuzco

LA REVOLUCION DEL CUZCO DE 1814 197 porque infiero me hallo ya con centinelas de vista; la cosa se de– be hacer a las siete de la noche, no diga vuesa merced mi nombre que yo me defenderé con arte. No obstante haberse tomado las correspondientes providen– cias a mérito de mi indicada denuncia que fue a las tres de la tar– de, se asomó a eso de las siete de la noche por la calle de la Mer– ced entrando ya la tropa formada en el recinto de esta plaza ma– yor, un grupo considerable de gentes a pedradas intentando con voces altaneras el que la tropa se retirase, la cual desde que supo este mi aviso tan oportuno por medio del Jefe que lo comunicó, estaba ya en movimiento desde las cinco de la tarde de aquel día. Al día siguiente de todos estos funestos acontecimientos fuí enteramente descubierto ante el señor Presidente de haber sido yo el denunciante por medio del señor Ministro Contador de Real Hacienda don Francisco Basadre a quien dirigí los papeles de mi denuncia, con el objeto de que la hiciese al Gobierno. En el mis– mo se me tomaron las declaraciones, y en su noche después de que los Angulo supieron mi deposición por revelación del escribano Becerra, ante quien la hice, y que era el que los favorecía ( según me informó Angulo el José) pasé asociado del comandante Eula– te y un piquete de soldados a la casa del predicho José, y lo prendí entregándolo por conclusión en este Real Cuartel; y aunque en su confesión encubría tenazmente la negra maldad de que se hallaba cubierto, no obstante su resistencia fue rebatido por los poderes y patéticas razones con que lo convencí en el careo, y que poste– riormente con el hecho de la revolución se confirmó mi referida denuncia, por lo cual fuí aprendido, puesto preso en el calabozo de pan y agua, sentenciado a muerte de horca por los insurgentes, y entregado ya a manos de un confesor, (diligencia igual que se practicó con los señores Magistrados, y demás personas particu– lares), de todo lo que me escapé por intercesión del señor Obispo de esta Diócesis, Cabildo Eclesiástico, discreto Rector de San Ber– nardo doctor don Sebastián de la Palisa, y otras personas condeco– radas pero no obstante este milagroso efecto de la Divina Provi– dencia padecí en todo el tiempo de mi prisión infinitos trabajos que los deposito al silencio de un profundo olvido. Es cuanto puedo reproducir sobre el particular en obsequio de lo que su señoría muy ilustre me ordena, y de la verdad.

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