Historia de la emancipación del Perú: el protectorado

INVASIONES INGLESAS EN EL RIO DE LA PLATA 19 te dirigida por este virrey nominal, cuya cobardía e inutilidad habíanse convertido en notorias . Querían, además, al venir sobre Buenos Aires, no dejar indemne y a sus espaldas, una plaza que en el momento preciso, como había ocurrido con Liniers, pudiera enviar socorros y elementos que desde luego juzgaron conveniente aniquilar. Desembarcaron al efecto (18 de enero de 1807) en el Buceo (20) y en la punta de Carreta , donde, unidos a las fuerzas del Cabo, a la vez que apoyadas por la artillería de la escuadra de Sterling, procedieron al ataque. Sobremonte abandonó la ciudad con sus cor– dobeses, confiándola al valor imprudente de los coroneles Viana y Lecoc; y, perseguido por una columna inglesa, se internó en las pam– pas vecinas, poco menos que a la desbandada, abandonando las tres piezas de campaña que llevaba consigo y no parando hasta los Cane– lones. En vez de sostenerse en las fortificaciones a la defensiva, contra tropas triples como las de Achmuty (21), Viana y Lecoc ofrecieron a éste un facilísimo triunfo, presentándole batalla cam– pal, en que, por supuesto, los bisoños cuerpos españoles fueron com· pletamente despedazados. Aun sostúvose la plaza por catorce días. Era ya el 2 de febrero cuando los zarandeados restos de la guarnición destruída alentáronse un poco con dos cuerpos de refuerzo llegados de Buenos Aires (22). El tres, temprano, los buques de Sterling y la artillería de Achmuty rompieron en feroz cañoneo, dirigido en todos sentidos, sobre la lengua de tierra que, coronada entonces de fortalezas, penetra con parte de la población en el mar. El efecto fue aplastante. Desmantelados los muros en varios puntos, invadióse a la bayoneta la ciudadela, que quedó en breves horas, a merced de los asaltantes. Yacía sobre el campo, después de un comportamiento heroico, la casi totalidad del batallón Dragones y del Río de la Plata, que tales eran los refuerzos bonaerenses aludidos; y partieron a Lon– dres los oficiales prisioneros (23); entre ellos, algunos, como Bal– carce y Rondeau, que, a la vuelta de poco tiempo, habrían a su re– greso, de alcanzar alta celebridad y figuración. Cumplido dichosamente el plan de los expedicionarios en su pri- (20) Puerto ubicado a dos leguas de la población montevideana al S.E. de ésta en la costa septentrional del Río de la Plata. (21) Los 5,000 defensores de Montevideo quedaron reducidos a 3,000 con la salida de los milicianos del virrey, y ya se ha dicho que el general inglés llevaba nueve mil soldados. (22) Mandados por el ya mentado inspector don Pedro de Arce. Eran la vanguardia de un ejército de 3,200 hombres idos a órdenes de Liniers. Sólo esa vanguardia logró entrar y concurrir a la defensa final. Tomado Montevideo, Liniers, que se aproximaba, volvióse a Buenos Aires. (23) Eran cerca de seiscientos, y la mayor parte argentinos.

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