Historia de la emancipación del Perú: el protectorado
APARICION HISTORICA DE SAN MARTIN 141 por este medio, ya que la población misma exigió acabar con el audaz y molesto bloqueador; fingió amilanarse ante la embestida; abandonó el puerto; aguardó la noche; tornó a su puesto, colocán– dose entre el fondeadero y los buques que iban a atacarle; cayó de súbito sobre los más próximos; los hundió o tomó al abordaje; acometió el resto de los mismos; los cogió, persiguió e incendió; paseó vencedor la bandera argentina en el estuario del gran río; y repuso el bloqueo vigoroso que momentáneamente había levantado (24 de mayo). XII Alvear, que, entretanto, había reunido y organizado un ejército de ocho mil hombres, nada menos, en Buenos Aires, traspuso a poco con ellos el Plata; se presentó en la Colonia; avanzó a Montevideo; tomó el mando de las viejas tropas que allí dirigía el general Ron– deau; con ellas y con su ejército apretó el sitio por tierra, que Brown estrechaba ya del lado del mar; asaltó la plaza el 22 de junio (1814); forzó a Vigodet a rendírsele con sus siete mil hombres; y se apoderó, en pocas horas, de los fuertes, de trescientos cañones, diez mil fu– siles y multitud de pertrechos de toda especie. Extrajo de la pobla– ción a los rendidos, ya desarmados; dejólos bajo custodia de parte de sus fuerzas; voló con los excedentes sobre Artigas, que venía en auxilio de los españoles; sorprendió y destrozó al asombrado ene– migo de los bonaerenses, que hubo de internarse en plena destruc– ción; tornó a Montevideo; aceptó en sus filas a cuantos realistas quisieron seguirlo de entre los capitulados; especialmente a los ofi– ciales y soldados nacidos en el continente, manifestando a los penin– sulares nativos que su espada no hacía la guerra a España, sino al férreo absolutismo de Fernando VII; regresó a Buenos Aires en triunfo, con su ejército duplicado, y decuplicados sus elementos; y, así encaramado por su esfuerzo y por su gloria a la cúspide de la potestad militar y del influjo político, soñó con la empresa de batir a Pezuela en el setentrión; reavivar en la altiplanicie las extinguidas huellas de Castelli, Balcarce, Díaz Vélez y Belgrano; corroborar la revolución reviviscente del Alto Perú; salvar el Desaguadero, costear el Titicaca y entrar en el Cuzco legendario; batir allí, sobre las ruinas del Ccoricancha, el olvidado estandarte de los Incas; y, en barrida épica~ indomable, venir, llegar, hacer resonar su espuela triunfa– dora sobre las baldosas del palacio de Pizarra y reclinar la candente, fatigada sien sobre el dorado y plúmeo lecho de los virreyes de la riente Lima! ...
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