Historia de la emancipación del Perú: el protectorado
142 GERMAN LEGUIA y MARTINEZ Lo hubiera hecho. Aun más: resolvió hacerlo; sólo que las nue– vas irrupciones y amenazas del tremendo Artigas, ese irreconciliable Genserico del Plata, hubieron de dar dirección opuesta a las huestes de este bello Alejandro de la revolución, cuyo Indus remoto pudo y debió ser nuestro ruidoso Rímac. Y porque quiso hacerlo, olvidó y escatimó toda ayuda, todo auxilio, todo socorro, a quien, hasta ese punto, había sido su hermano en el origen, en la carrera, en el ideal, en el destierro, en el pensa-· miento y en la acción: a San Martín! Olvidó, decimos, porque, en efecto, a la sazón había previamente realizádose la aparición histórica del grande hombre en los aledaños del Alto Perú. Digamos cómo. XIII El futuro triunfador de Chacabuco y Maipú, cuyos antecedentes y arribo a Buenos Aires relataremos próximamente en otro lugar, había, en fraterna alianza con el presunto domeñador de Montevideo, concurrido de modo directo a la explosión del 8 de octubre, elimi– natoria del primer triunvirato y cooperado decididamente a la enér– gica política iniciada entonces por Alvear. De acuerdo perfecto ambos patriotas, mientras el uno se hacía nombrar general en jefe del ejército llamado a operar sobre Montevideo, el otro, ya enorme– mente prestigiado por la organización del famoso regimiento de "Granaderos de a caballo", y, más que todq, glorificado por el triunfo de San Lorenzo, fue simultáneamente, a iniciativa y por exigencia de su colega, nombrado general en jefe del ejército del norte; de ese ejército, diezmado, decaído, deshecho, que, pesada, fatigosamente, pretendía Belgrano rehacer en Tucumán. Pezuela, en dos batallas vencedor, soberbio, presuntuoso, acantonaba en Jujuy, y disponíase, de un momento a otro, a trasladar sus huestes engreí– das a la vecina Salta. Había que hacer algo para contener la inva– sión, ya enseñoreada de parte de aquel territorio y poner a salvo la integridad y la soberanía nacionales. Obedeció San Martín y resuelto como siempre, a cumplir en forma su deber, trasladóse a Salta, confiando, naturalmente en la ayuda y el apoyo que le ofrecieron sin límite ni reserva, y que él hubo de exigir de manera perentoria para salir airoso de su cometido, por lo mismo que según sus noti– cias, resultaba imposible exigir más esfuerzos ni sacrificios de la gastada y decadente zona amenazada.
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