Historia de la emancipación del Perú: el protectorado

RETIRADA DE ANDRES REYES 185 VIII Por eso y para eso, conságrase, .':lnte todo, a desparramar en el territorio las simientes revolucionarias, y da a la estampa "El Pa– cificador", dirigido y en gran parte redactado por García del Río y Monteagudo; puesta la mira sobre Lima, la sitia, fuera, con el hor– miguero de guerrillas suscitado por los hijos del suelo, y la sacude, dentro, con las excitaciones y promesas que dirig~ a los patriotas peruanos, quienes, por supuesto, responden a las primeras y co– rresponden a las segundas con entusiasmo febril, preparándolo todo para el asalto presunto, y suscitando la deserción de batallones enteros; actúa por induccion y por influencia, como la electricidad y el magnetismo, sobre puntos apartados de su radio de accion, como Arequipa y Oruro, donde respectivamente estallan, de reflejo, las. conspiraciones de Lavín y de Nordenflicht; asegura su retaguar– dia interponiendo una muralla gigante de pueblos convulsos y re– beldes, entre su campamento y las tropas realistas del virreinato de Santa Fe y de la presidencia de Quito, mediante la independiza– ción, ya nunca dominada, de Lambayeque, Trujillo, Piura, Caja– marca, Tumbes y Jaén; constriñe, como inmensa boa, en un círculo de hierro y fuego, a las huestes virreinales, encerrándolas y aislán– dolas entre las de Arenales o Gamarra, al centro; las suyas propias, al norte; la escuadra de Cochrane, al poniente, sobre el mar, y la división de Bermúdez y Aldao, al sur; despide a los pueblos próxi– mos columnas competentes, como las de Orúe y Mirones sobre Ca– jatambo y las de Campino sobre Huarás, para redondear la hoguera revolucionaria encendida al septentrión, con la nueva llamarada que prende en las serranías de la intendencia de Huailas, y que, desde las cimas de las cordilleras Blanca y Negra, brazos del paradisíaco Callejón, hace rodar a su campo oleadas de soldados y elementos; avanza o retrocede, ora buscando ficticiamente, ora en realidad re– huyendo toda acción campal, siempre desprendiendo columnas o efectuando amagos sobre el enemigo, a fin de intranquilizarlo y ponerlo en constante vela, dejándole entrever que de un momento a otro descargará sobre él un golpe serio y decisivo; suscita el hambre y la desesperación en la sede del régimen colonial, trémula y de– solada, forzando su vecindario al anhelo hidrópico de un término para su angustiosa situación, e infundiendo en el virrey y su ejér– cito la sed de la desocupación y la salida, como puerta única de salvación; y, en medio de todo, entretiene, adormece y halaga al adversario con negociaciones frecuentes de paz, que le exalten a un

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