Historia de la emancipación del Perú: el protectorado
LA CONTROVERSIA 137 sa. Ya que la inercia y meticulosidad del Protector habían perdi– do la ocasión de adelan tarse a una posesión efectiva y manu mili– tari; no cabía otra cosa que Ja diplomacia, d irigida con delica– deza y astucia a la consagración del principio de respeto a la li– bertad de los pueblos, cualesquiera que éstos fuesen; principio por el cual todos combatían, morían y triunfaban en la ensan– grentadfl extensión del continente. Obtener que se reconociera la justicia y el derecho en que Guayaquil encontrábase, a natura, de resolver su suerte por sí mismo, era, evidentemente, en el estado actual de las cosas, propender al triunfo de los intereses del Perú y a Ja posposición de los de Colombia; porque en esos momentos todavía predominaban la simpatía y la decisión por nuestra na– cionalidad. Y era eso, precisamente, lo que se encargaba a nuestro plenipotenciario, que, con tales instrucciones (comunicadas el 30, como atrás se ha dicho) partió a su destino al siguiente día (1~ de diciembre). Hízolo en compañía de La Mar (que trasladábase a Guayaquil por asuntos de familia), llevando por secretario suyo al coronel argentino don Manuel Rojas, y por adjunto al súbdi– to francés sargento mayor Julio Deslandes; todos los cuales pusie– ron planta en Guayaquil a mediados de diciembre. XVII La presencia de Salazar y Carrillo, acompañada de la prome– sa, cierta al fin, de apoyo y auxilios, entonó y dio alas a los par– tidarios del Perú. Exteriorizóse la preponderancia ejercida en la opinión por. nuestros amigos. La Junta, totalmente compuesta de peruanistas; el elemento oficial; el grupo realista, aplastado y en– conado contra Colombia; el comercio, que veía más seguridades de consumo, lucro y retorno en el Estado próximo del sur; y gran parte del pueblo; cobraron mayor franqueza en sus palabras, actos y opiniones; y hasta el bello sexo se peruanizó en gran par– te visiblemente atraído por el lujo, el brillo y la distinción de los miembros de la legación peruana. La contienda invadió todas las esferas, aun la de la moda; y las hermosas guayaquileñas em– pezaron a presentarse, en tertulias, banquetes y bailes, templos y calles, vestidas con los colores de la bandera en que cristalizaban sus simpatías y anhelos políticos; las peruanistas, con el rojo y el blanco del pabellón del Perú; las autonomistas con el blanco y ce– leste de la enseña del Guayas; y las colombianistas, con el azul, el amarillo y el rojo de Ja patria de Bolívar. Todo h izo suponer que, de seguir el asunto un desenvolvimiento pacífico garantizado con-
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