La rebelión de Túpac Amaru: antecedentes

LA VERDAD DESNUDA 527 si esto es así, ni debe dilatarse el castigo (a no querer perder estas posesiones) quedan siempre unos recelos, que con dificultad se po– drán satisfacer a los que con una crítica fiel y juiciosa, se mantie– nen aquí en observación. Para formar cabal concepto sobre la ma– teria era preciso reconocer los autos practicados por este ministro; y no siendo esto posible, es disculpable cualquiera desconfianza, ma– yormente fundándola en unos hechos tan graves y ciertos como los indicados; en lo cual no es nuestro ánimo inferir la menor ofensa a vuestro Visitador, sino prevenirnos los que tenemos interés en la causa, para defender nuestros derechos, caso que el proceso lleve los vicios que tenemos. 80.-He oído a Don José de Zaldívar (Abogado de esta Ciudad que hizo de Fiscal en la causa de Túpac Amaru) que no se formó interrogatorio para su declaración; que no consta en el proceso ni una pregunta sobre la muerte de Don Antonio de Arriaga; sobre la desgraciada expedición de Sangarara; ni sobre la venida del Rebel– de a Piccho, sitiando al Cuzco; puntos que no han debido perderse de vista en estas importantes actuaciones, ni omitir un requisito tan previo como el interrogatorio para el esclarecimiento de cómplices. Sabemos las grandes facultades con que se halla autorizado vues– tro Visitador General; pero no podemos creer la tenga para seguir un proceso de reos de Estado, separándose de la reglas de derecho, y menos para obrar contra lo dispuesto por vuestras sabias leyes; mas no obstante suspendemos también el juicio sobre este punto, contentándonos con anotarlo. 81.-No falta quien recela, Señor, que la idea que se lleva en este grande asunto es justificar al Obispo para ponerse a cubierto vuestros magistrados de su cargos imponderables deducidos justa– mente de sola la denuncia del Corregidor de Tinta, y para ello se habrán hecho esta cuenta: Si por nuestras actuaciones resulta trai– dor el Obispo, se verifica cierta la acusación de Arriaga, y consi– guientemente la enormísima culpa nuestra de haberla despreciado; pues, ¿qué remedio?; diremos que no ha habido quien declare con– tra el Obispo no obstante haber hecho una pesquisa muy exquisi– ta, con los sujetos más condecorados e imparciales de Arriaga diri– jan al Rey, o a su Supremo Consejo, copia de la declaración que nosotros tenemos bien guardada se despreciará por ligereza de plu– ma o se desatenderá por parto de la enemiga del Corregidor de Tinta contra aquel Prelado. 82.-Puede ser que sea temerario el pensamiento, pero la cier– to es, Señor que e.s la única tabla que que les queda a vuestros Ma-

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