Los ideólogos: plan del Perú y otros escritos
DISCURSOS 465 taire. Las villas y ciudades no on academiass 0 el estudio que solicito en general es el que nos eleva al rango que debemos ocupar por la voluntad del CreadoT. Todo hombre ha de saber lo que ha de creer y lo que ha de practicar. Estos son los fundamentos de la moral pura, sin los que los pactos sociales no podTían sostenerse, siendo por si débiles y efímeros. Pi– tágoras enseñaba que a cinco cosas debía hacerse la guerra: a las enfer– medades del cuerpo, a la ignorancia del espíritu, a las pasiones del corazón, a las sediciones de las villas, a las discordias de las familias. Ved aquí un tratado de moral y de política. Esta ciencia que debía ser insepaTable del hombre es la que hoy, lejos de cultivarse, se trató ae impediT y aún de exterminar. Ni la verda– dera religión, ni la verdadera política convenían a los tiranos que ocupa– ban el altar y el trono. Las Universidades debían de llenarse de sofistas y metafísicos que disputando de contínuo lo que no entendían, lo que no era útil disputar, lo que los distraía del esclarecimiento de aquellas verdades únicamente provechosas al esclavizado génern humano, perdían el tiempo y lo hacían perder a los demás. ¡Que cuadro tan ridículo al mismo tiempo que espantoso presenta el Imperio del Oriente! Los Emperadores converti– dos en CatedTáticos, enseñando y disputando misterios, dando pábulo a la anarquía más desenfrenada; y desentendiéndose de la dislocación gene– ral del Estado, cuando le acometen a un mismo tiempo, los bárbarns por diversas partes ¡Que ilusión! El pueblo quiere coronar a los dos hermanos de Constantino Pogonato porque son tres las personas de la Trinidad. No hay dogma más seguro que el que refiere Plutarco se halló en un templo de Egipto: Yo soy todo lo que he sido, es y será; ningún mortal levantó jamás el velo que me cubre. ¿Para qué quereT perder el tiempo en querer descubrirlo? ¿Qué importaba una que otra producción de la naturaleza? Cien espi– gas no hacen fructífera la Arabia. Cien filósofos no podían alterar la fal del UniveTso. La Teología era la piedra filosofal de los tiranos para tener entre– tenidos a los hombres en quienes reconocían aptitudes y talentos. Si las disputas de jansenistas y jesuitas hubieran durado, el Derecho Público y la Economía Política habrían hecho muy pocos progresos. Cuando yo prnpongo como una ley de nuestras naciones el trabajo continuo para que pTogresen las ciencias no es mi ánimo que se ponga una cátedra pública de ateísmo como París los sufrió en los días en que no hu– bo gobierno. Unas fieras destrozando no pueden tener el título de go– bernadores. Mr. Wilberforces pensaba que si Dios en su cólera nos casti– gase por una formal renuncia de su autoTidad, más evera venganza no po- so Sócrates estaba persuadido que lo que pasa fuera de nosotros no nos toca y es un punto de pura curiosidad. Las ciencias las tenía por entrete– nimiento, y sólo la de la sociedad, el método de contribuir a su propia dicha y a la de los demás merecía er cultivada con ardor. Dial. de Platón, Los Rivales.
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