Los ideólogos: plan del Perú y otros escritos

466 MANUEL LORENZO DE VIDAURRE día infligir, que la propagación próspera de máximas detestables. Conside– rad los efectos del general predominio ¡Que escenas presenciaríamos alre– dedor de nosotros! En los negocios públicos, la falta de fe, la anarquía, el derramamiento de sangre; en la vida privada el fraude, la desconfianza, la perfidia. El humano carácter por todas partes degradado, emponzoñados los consuelos domésticos y sociales. Debía el hombre retirarse a los sepul– cros y desiertos huyendo de un mundo que se había del todo corrompido. Lo que quiero es que ciencias puramente de nombTe no sirvan de obstáculo a las que son útiles: lo que quiero es que el sacerdote no forme ídolos como Amasis de las piezas destinadas a los objetos más viles; no quie– ro que el culto a la Deidad se convierta en una grosera idolatrfa. Si la mo– ral no prepara el sacrificio, los templos serán un asilo seguro de las pasio– nes más violentas y veTgonzosas. La Religión de Confucio fue corrompida por la secta de Joes predicada por los Bonzos. La celestial doctrina del Evangelio quisiernn alterarla los que se valieron de ella para una elevación temporal y política. El Cristianismo hubiera hecho feliz al mundo, si el cristianismo no se hubiera viciado al tiempo de propagarse. Cuando se jntemó en la Eurnpa ya estaba oscurecido con innumerables supersticiones. Casi era una la religión de los bárbaros y la que se recibía de los Pontífices y Obispos aún era peor en cierto modo. Ninguna religión antigua sacrificó en público la Justicia al interés, como siempre lo hizo Roma católica. Dí– ganlo Zacarías Pipino y Childerico. Un Pontífice consagrando a un usurpa– dor; un usurpador dando Estados ajenos a un Pontífice; un rey reconocido por los pueblos encerrado en una prisión ¡Qué antigua es la alianza. de los tiranos espirituales y temporales! Lo que hay que sentir es, que la ilustra– ción de los siglos aprovechó poco contra estos radicales males. León XII excomulga a los defensores de sus derechos con la misma audacia que lo hacía Inocencio III. El Señor cierre eternamente mis labios si yo deseo concluir el verdadero culto: seTía el parricida más detestable si así pensase. Holbach fue un hombre protervo un perverso ciudadano. Los resortes del dolor y de la pena pueden mucho para el gobierno social, pero no alcanzan a perfeccionar el movimiento perpétuo y arreglado que debe mantener la nación. Queda un vacío inmenso que sólo llenará la idea del pTemio y el castigo en los años eternos. El cristianismo es la respiración del alma ra– cional; lo es porque el cristianismo puro es la ley de la naturaleza. El cristia– nismo como salió de las manos del autor del Evangelio, no es el cristianismo de los Alejandros y los Julios; de esos mortales enemigos de la misma Iglesia a cuya cabeza se hallaban. Las Américas no irán a buscar el Veda ele los indios, el Send de los persas, el Alcorán de los turcos, pero las Amé– ricas restituirán a su vigor la antigua primera disciplina; esas prácticas que llenaron esas tierras de fieles y el empíreo de bienaventUTados. Seremos cristianos tolerantes, sin oponernos a ningún rito en que se adore al verda– dero Adonay; sin peTseguir, aborrecer, asesinar; sin que se sacien los senti– dos con placeTes que deben distar mucho del santuario; sin creer a los sa-

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