Los ideólogos: plan del Perú y otros escritos
DISCURSOS 467 cerdotes semidio e , ni dependiendo nuestra salvación de caprichosas pala– bras. Será nuestro estandaTte la Cruz y su base las nuevas obras. Nos justificaremos sin necesidad de bulas compradas, ni ceremonias ridículas o insignificante a los ojos del hombre pensador. Hagamos un sólo indivi– duo de todo el linaje humano; y que éste se postre ante el Altísimo dándole <rracias por los bienes recibidos e implorando su protección para lo venidero. Admiramos lo extravagante de los egipcios, violentados por el vigor de los hombres, que antes se comían unos a otros que tocar en sus animales sagrados. Y creeremos un acto de santidad caTgar la leña para encender las hogueras en que debían ser consumidos hombres que creían en el mismo Dios que nosotros, el Dios que adoró J.C. y enseño a adorar. SEXTA LEY GENERAL Se me diTá ¿dónde esas hogueras, esos Sacerdotes Druidas san– guinarios, esos decretos de muerte?. Contesto: entre nosotros, si no ponemos por ley general de nuestras naciones el tolerantismo. La ma– dre y abuela de Agis, asesinadas sobre el cadáver de éste son una lección de los prontos violentos progresos que hace el vicio en una nación virtuosa por seiscientos años. ¿Qué estragos no pueden causar de nuevo la supersti– ción y el fanatismo, donde se respetan sus extendidas y fuertes raíces, donde no hay valor para tocarlas ni muchos menos para extraerlas? Unos pueblos educados en la inmoralidad, de cuya vi ta se separaron con perverso estudio los modelos de la piedad verdadera; unos pueblos que se creían justos y san– tos, sin más auxilio que el culto externo; unos pueblos que no tenían otro J elito que cuando no creían en fal os milagros y supercherías ¿no manten– drán odio eterno a sus semejantes, si se les con iente tener como de otra clase a lo que varían en alguno de los punto de su religión. osotro no prefe– ríamos la Venus menos hermosa de Práxiteles por hallarse cubierta, pero gritamos contra la libertad de conciencia, como el principio de la ruina del pasado y de las alma . La desenvoltura por una parte y los cilicios por otra fueron la lecciones de los e pañole en Améóca; funestos extremos am– bos de la inmoralidad 31 . La di putas de religión abrazaron el mundo: to– no dependió de que los sacerdote eran los depositarios de las leyes de las opiniones, de la justicia. Con u ilimitada rentas adquiTÍan un partido inmenso. La innumerable familias que e acercaban a us puerta o a u me a , eguían u \ 'OZ sin meditación ni examen. Se tenía como una Deidad al que les daba el pan, sin atender a que no era sino una re titución mu :n ¿Dirá una República como un Ministro de Luis XIV, el que no sea de la religión del Rey sufrirá los mayores rigores? ¿Seremos tan bárbaros como Felipe II qµe mejor quería no tener vasallos que el que fuesen here– jes? ¿Y quiénes? Los dos más oluptuosos, soberbios é injustos de los reyes: dos verdaderos anticri tos.
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