Los ideólogos: plan del Perú y otros escritos

470 MANUEL LORENZO DE VIDAURRE mejantes. Son los civiles aquellos naturales que no puede gozar sin el so– corro de los demás. Para asegurar éstos renunció una parte de su indepen– dencia; nada tuvo que ceder de los primeros que no exigían amparo para su ejercicio. En este caso está la adonción a Dios. El hombre puede tribu– tar este homenaje en todo tiempo, en todo lugar, en el modo que juzgue más conveniente. Este es un derecho natural que no ha de tocarse y que mantiene y mantendrá siempre. En nada se compromete en lo político y lo civil, recordemos como sobre esta materia hablaban los poloneses en el an– terior siglo 33 • "La diferencia de sentimientos sohre algunos puntos de religión entre los cristianos, no debe influir en nada en la distribución de empleos del Es– tado". Las diversas sectas del Cristianismo aunque difieran de opinión so~ bre algunos puntos de doctrina, son todas acordes en ser fieles al soberano y sumisas a sus órdenes. Todas las cortes de la cristiandad están conven– cidas de esta verdad. Príncipes cristianos, que tenían delante de los ojos estos principios, no debían escoger para serviT al Estado, sino aquellos que por sus talentos y conducta son los más capaces de obrar bien, sin respec– to a opiniones peligrosas. En realidad sería el exceso de la demencia que cuando se nos presentase un hombre con los talentos políticos de Pitt o de Canning, con los conocimientos militares maTÍtimos de Nelson, con la cien– cia médica de Hoffman, o la astronomía de Olbers lo repeliésemos de nuestra rnciedad por protestante. Cumplan los pactos sociales, que esto basta; sean buenos ciudadanos y J.C.S.N. decida de su religión. Dos felicidades solicita el hombre: la eterna cuando cree en la inmortali– dad del alma; la temporal en todo tiempo y ocasión. Aunque tácitamente renuncien muchos a la primera, soltando las riendas a sus pasiones, pocos lo hacen de un modo expreso. Huyen de aquellos lugares donde contemplan están cerradas las puertas a su salvación y negados los medios de conse– guirla; que es el culto en que nacieron. Si son oprimidos en su país, por un déspota, y otro Estado lo contempla libre, no emigran a él, si allí tienen que Tenunciar a su creencia; pero si se les presenta una nación donde pue– dan vivir libres y adorar a Dios a su modo, vuelan a buscar aquel asilo. Esta fue la causa de la pronta y prodigiosa población de Norte América, si nosotros seguimos el mismo sistema recogeremos iguales frutos políticos. La Europa casi toda está en la opresión, y apenas habrá persona capaz de trasladarse a nuestras Repúblicas que no lo verifique, como esté persuadido que sus derechos naturales perfectos no han de tocarse y que los civiles los sostendrá la justicia. Se despoblará la Europa, y la América llenaTá sus in– mer.sos vacíos. En ese día en que por primera vez la divinidad recibió el culto más digno que podía tributarle el hombre; el día en que nuestros derechos fueron publicados a la faz de Europa en la Asamblea de la Fran– cia; por los arts. 49 y 109 se hizo entender que la libertad de conciencia debía 33 La ruina de Polonia vino del intolerantismo.

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