Los ideólogos: plan del Perú y otros escritos

DISCURSOS 471 íespetarse, siendo un tirano el que intentara contra ella. Decía el 49: La li– bertad política consiste en poder hacer cuanto no injurie a otro. El ejer– cicio de los naturales derechos de cada hombre no tiene otros límites que aquellos que son necesarios paTa asegurar a todo hombre el mismo ejercicio de los mismos bienes. Fue una consecuencia el 109: Ninguno debe ser mo– lestado con respecto a sus opiniones, aunque sean religiosas, con tal que no turbe el orden público establecido por la ley. Se puede alegar que sancionándose por la ley del país una religión pú– blica, es turbar el introducir otro culto. La dificultad será bastante espe– ciosa, mientras no se toquen los fundamentos de la sociedad: procedamos por pnnc1p10s. l art. 29 dice: el fin de toda asociación política es preservar la natu– raleza e imprescriptibles derechos del hombre. Estos derechos son la liber– t:td, propiedad, seguridad y resistencia a la opresión. Siendo las leyes los pactos de los socios, deben ellos sujetarse a esa regla fundamental. Así el art. 59 expresa que sólo deben prohibirse las acciones dañosas a la sociedad; el libre culto no lo perjudica, antes la beneficia, según se ha convenido. De aquí se sigue que toda Ley que lo prohiba y lo limite, es contraria al fin de las sociedades y a los derechos naturales del homhre. Los ejemplos aumentan el valor de lo raciocinios, yo presento a Uste– des Señores un rasgo histórico tocante. Teodoríco que merecía un elogio superior a Tito, Pio, Marco Aurelio; Teodorico, tolerante, justo, concilia– dor, padre de los pueblos; Teodorico que parece había sido criado para mo– uarca, obscurece sus virtudes, mancha su hi toria, deja un vacío a lo que leen su vida, notando en los últimos años de ella, la injusticia, la descon– fianza, la precipitación. A estos vicios lo obliga Justino, bárbaro soldado, no tolerando a los arrianos, como Teodorico ufría a los católicos. Le despre– cian su mediación, no se atienden sus razones, el Papa Juan bUTla su confian– za y el Emperador se hace sombrío y tiñe alguna vez la mano con angre. ¿Qué fácilmente podrían repetirse escenas tan terribles.. Si: unas Repú– blicas gozaban de la libertad de conciencia, o eran tolerante , y si otras guardaban el absolutismo de religión, ¿cómo podriamos entendernos en nues– tro tráfico y comunicaciones? ·Cuántos puntos no se presentarían de dispu– ta y causas de guerra? ¿Cuánto insultos, provocaciones, enemistades, odios? ¡Siglo ilu trado no consientas que la grande Asamblea mire con un ojo indiferente abierta una brecha a la gran mu ·alla de nue tra paz y Con- federación! Los intolerantes se aTman contra nosotro y dicen: que del toleranti - mo se pasará al ateísmo. El ejemplo general que ponen e el que re ulta de la re olución de Francia. l\Ial ejemplo por cuanto allí no se toleraron la r ligiones sino e abolieron los culto ; la imágene a la razón la libertad y la igualdad se colocaron con de precio del santo de los anto . ¡Fanáticos políticos no conocían que in Dio no hay razón, igualdad y libertad. Im– po tor ieye óyeme y ve lo efecto de tus abominable doctrina . Lo que

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