Los ideólogos: plan del Perú y otros escritos

472 MANUEL LORENZO DE VrnAURRE se me ha de decir es si la religión es perdida en Inglaterra donde hay to– lerantismo, o en los Estados Unidos donde hay perfecta libertad de con– ciencia. ¡Cuanto deseáramos imitar la conducta moral de estas gentes! Mi dictamen es que debe ser en las Américas una ley general. La li– bertad religiosa, la libertad civil, y el progreso del entendimiento humano son cosas tan conexas que cada una de ellas puede a su vez ser antecedente y consiguiente. Si falta una, caen las demás por necesidad. En FTancia no hay libertad individual, no hay libertad de imprenta, no habrá sin duda muy en breve libertad de culto 34 • Sí, la última espantosa ley publicada sobre sacrilegios lo dice. Revivieron los tiempos de Simón de Monfort y Torquema– da. Entre nosotros hay libertad individual, hay alguna de imprenta, ningu– na de culto. Aún no sabemos distinguir lo temporal de lo espiritual, y nuestro edificio será muy expuesto a desplomarse. No puede haber una sociedad sin religión, ni puede haber religión sin moral, y la moral no tie– ne otro fundamento que el tolerantismo 3 ó. Pero yo debo contraerme a la política; queden los teólogos con su cues– tión. El grande autor de la filosofía de la naturaleza me dice: por todas partes en donde los poderes son tolerantes, las artes se perfeccionan, las luces se aumentan y los hombres son dichosos. Perdón señores por lo largo y molesto de este discurso. Un camino que por ningún lado halaga es insoportable. Si no se descubren los mares, si no se miran ríos y prados, si no se entienden los trinos de los cantores pá– jaros; si no se suspende la vista con la hermosura de las flores, si no se no– ta la diversidad de los ganados, y si aún no es el plano igual y cómodo, si– no por el contrario un teneno molesto de arena muerta o de rocas desor– denadas; el caminante se fatiga, se desespera, y cada momento le parece una hora dilatada. Esto mismo concibo sufren ustedes señores al oírme, pero yo no puedo Tenunciar a la más sagrada obligación. No habrá firme– za en nuestra alianza si la libertad del culto general no se sanciona. El cle– ro ha de gritar, el clero ha de tener de su parte al pueblo menudo: yo co– nozco que mi proyecto es el cañón que mata al novio de la hija del Duque de Orleans, según la expresión de Mazarino.. Jamás tendré votos para Pre– sidente de mi República, pern tendré los votos de los hombres de bien que me declararán el verdadero defensor de mi patria. Los hombres desean ser felices y serlo con el menor trabajo posible. Esto es lo que les ofrece el a~ero intolerante. Con absoluciones, indulgencias, escapularios, oraciones bucales, con fiestas cómicas que concluyen en saraos, con respeto ilimitado e irracional al Papa y al sacerdocio hacen creer a la 34 Ya está al expirar. 3ó Se dice que estamos muy a los principios para comprometernos en materias religiosas. ¿No lo estaba la Rusia cuando Pedro I suprimió el pa– triarcado é hizo infinitas reformas en el Clero? Era un déspota; por lo mis– mo de·bía temer más a los ministros de la Religión.

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