Memorias, diarios y crónicas

140 FRANCISCO JAVIER MARIATEGUI encargado de redactar las comunicaciones y para que las escribiese llamaron con mucha reserva al Dr. D. Marcelino Barrios, patriota honrado, que aunque animado de los mejores sentimientos, no ha– bría traicionado la confianza que le hicieron. Estuvo Barrios escri– biendo en el cuarto de La Torre desde las 6 de la mañana hasta cerca de las oraciones. Salió a esas horas de Palacio y fue encontra– do por dos amigos, que después de los saludos, le contaron las ocurrencias del día y las ventajas de los patriotas. El Dr. Barrios no se alegraba, por el contrario estaba cabizbajo y taciturno y para ser– vir a sus amigos, les encargó que se manejasen con mucha reserva, y les dijo que en la sierra se conspiraba contra nosotros y se pro· ponían planes, que él opinaba tendrían buen éxito. Después de muchas palabras sacadas, dijo, bajo de reserva, que el Virrey había recibido pliegos y contó los planes, nombrando las personas com– prometidas, pero sin entrar en pormenores. Cuando concluyó su relación, uno de los interlocutores, el autor de estas anotaciones, después de imponerse de lo principal del plan de los enemigos, pero sin poder saber cuáles fueron las providencias del Virrey, se separó de los otros y se encaminó a casa de Boqui en donde dictó lo que sabía del plan contra los independientes, hizo formar a aquel y salió con los pliegos para mandarlos a Huaura. Monteagudo los reci– bió en Barranca a donde el conductor, que lo fue D. José G. Pala– cio, bajó después de un rodeo, para no ser tomado en el camino. Arbaiza fue sorprendido por las órdenes que se dieron y sometido a juicio, y los autos, que trataron de quemar los interesados, estuvie– ron en Lima y sirvieron para que en el Congreso de 1822 no fuese incorporado como diputado D. Mariano Castro y Taboada. El motín español fue desbaratado en to~ partes y sólo estalló en Otuzco, en donde se puso al frente de }a revolución el célebre Merino, ma– yordomo e íntimo del Obispo Marfil. Hubo necesidad de que saliese una fuerza de Trujillo al mando de D. Andrés Santa Cruz, prisionero en Paseo, y a quien por reco· mendaciones de D. Domingo Orué se le remitió al norte bajo la vigilancia de Torre Taglc. Santa Cruz batió a M~rino y a los espa– ñoles y la revolución fue completamente sofocada. En el combate murió Merino, y nosotros perdimos al Capitán Castro, hermano de D. José Félix, que ha vivido hasta ahora, habiendo dado lugar este hecho de armas a siniestros cuentos de los enemigos y a que empe· zase su aciaga carrera entre los patriotas el funesto americano, que tanto daño nos causó después. Pezuela nada sacó de sus soñados

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