Memorias, diarios y crónicas
142 • FRANCISCO JAVIER MARIATEGUI creían entrar triunfantes y ser recibidos por sus compatriotas con regocijos y algazara. Pero los esperaba una derrota. Nuestros guerri– lleros no podían batir en campo raso a los españoles, bien armados y equipados, mayores en número y tácticos y aguerridos. No los acometieron pues, como se asevera en las palabras copiadas; los esperaron en las quebradas, en los malos pasos, en las laderas; y desde las alturas que dominaban les arrojaban galgas. Un peñasco, desprendido desde las cimas, bajaba arrastrando otros que dispersa– ban las compañías matando a unos, hiriendo a otros y quedando algunos desarmados. Al salir de las ·quebradas, los esperaban los gue– rrilleros y tenían que recibir los enemigos las descargas de nuestros valientes. En uno de esos encuentros recibió Ricafort un tiro en la pierna, que le impidió marchar y hasta cabalgar. Si a los guerrilleros no les hubieran faltado las municiones, no habría entrado uno solo en la ciudad; toda la fuerza habría quedado muerta o prisionera. Retirado Quiroz, después de haber quemado su último cartucho en compañía de su esposa, que siempre se batía a su lado, consiguió Valdés reunir los dispersos, juntar los restos de su división, tomar el descanso que le era tan necesario y dio cuenta a La Serna. ¿consentiría éste que esa fuerza, aguardada con tanta ansia, de que tanto esperaba y cuya cifra se elevaba para intimidar a los patrio– tas, entrase en un estado miserable, desarmada en parte y reducida a la mitad de su verdadero número? ¿Habrían mostrado su derrota a los particulares, ansiosos de verlos y de contarlos para avisarlo todo a San Martín? No lo consintieron los españoles y determina· ron que esperasen a una fuerza que saldría de la capital para engro· sar a los que entraban y ocultar así su verdadera fuerza y la derro– ta. La demora, lejos de favorecer a los españoles, les fue contraria. Quiroz pidió a Lima pertrechos que se le mandaron, hizo recoger las cartucheras de los muertos y las arrojadas por los soldados y tuvo ya los elementos que le faltaban. Rodil salió de la capital a unirse con Valdés y en Huampaní tuvo que batirse con nuestros guerrilleros y sufrir pérdidas de consideración entre muertos y dis– persos. Lo cierto es que la división Valdés, reforzada por Rodil, entró a la ciudad con menos fuerza que la que éste había recien– temente sacado. Ignorante de todo lo que es militar, jamás me propuse escribir en estas anotaciones nada relativo a planes de campaña, ni a los diferentes encuentros; porque no me quería exponer a yerros invo– luntarios y principalmente cuando sabía que otros escribían ya
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