Memorias, diarios y crónicas

144 FRANCISCO JAVIER MARIATECUI los lutos duran lo que antes. Las cortinas desaparecieron, no están restablecidas, pero en cambio, cubren con velos negros los espejos y algunos hasta las arañas. iOjalá desaparezca este nuevo invento, que nada significa, y que sólo es un gasto inútil añadido a la pér– dida del difunto! Con motivo de este decreto dice así el autor: "En los ramos de gobierno y policía se determinó los casos {determinaron debió decir) en que era permitido el luto y el tiempo que podía llevarse [{31 de diciembre)]. No importa que así se intentara ahogar la mani– festación del dolor y se extinguiese el libre uso de gastar lo que cada uno tiene; pero... en la sociedad ocasionaba, las más veces, la ruina de una familia con los gastos de catafalcos y funciones de iglesias. Las casas de los dolientes se convertían en salones de tertu– lia por la afluencia de personas que asistían a la comida de duelo; allí se reunían los manjares que enviaban los amigos del difunto. Las lloronas pagadas causaban molestia con sus ridículos y compra– dos ayes". (U) El decreto de San Martín no prohibe las procesio– nes, ni los catafalcos, ni las funciones de iglesia; dejó estas cosas como estaban. Bien pudo prohibirlas, convenía que lo hiciese y no lo hizo. Pu<lo mandar que los cadáveres saliesen a media noche de la casa al panteón, y tampoco lo ordenó. Lo ordenó la policía du– rante la epidemia y debe mandarse por punto general, y no se hace, a pesar de que la opinión general así lo reclama. En los salo– nes no había tertulias. En el día del entierro, los parientes del muerto y amigos del difunto se reunían en la sala que se mantenía cerrada, y nada hablaban, reinaba el mayor silencio. En otra pieza estaban los hombres. Los que no eran deudos se retiraban y el res– to quedaba en la casa. No había manjares obsequiados, ni remitidos por los amigos del difunto. En el mes se recibía el duelo de siete a ocho de la noche, el de las señoras en un salón, el de los hombres en otro y esas piezas estaban casi oscuras, nadie hablaba, y a la pri– mera campanada de las ocho se levantaba uno y todos salían que– dando sólo la fam ilia; las señoras hacían lo mismo. Esta ceremonia bastante ridícula, pudo ser suprimida y no lo fue. Hoy ha desapa– recido esto; hubo uno que expuso que recibía el pésame por tarje– tas y las reuniones desaparecieron. ¿y las lloronas pagadas, las [{U) Confrontándose la transcripción con el original de Paz Soldán (Op. cit., pág. 329) encontramos que es muy aproximada con variantes sin mayor importancia.]

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