Primer Congreso Constituyente

486 PRIMER CONGRESO CONSTITUYENTE nes y consultando el interés individual olvida el público y pisa las le– yes. Pues, ¿cuál no será el trastorno que experimente el autor propio del mandatario del Perú? Todo gobierno o ejecutador es enemigo de la legislación y de la iu– dicatura. Así, si designamos una sola persona, será enemigo más im– placable del poder judiciario y ·de este mismo Congreso Soberano: vio– lará sus leyes, profanará lo más sagrado, y se erigirá en absoluto usur– pador y déspota implacable. Si, para evitar este inconveniente, le asociamos un colega: o ~e uni– rán y. completarán, y entonces in~idimos en el mismo escollo, o se ha– rán divergentes, sin haber .un tercero que dirima su~ cuestiones inter– minables, que harán perder al gobierno áquella movilidad que le es tan necesaria para la ejecución. No hay, pues, otro refugio que acogerse a un término medio: éste, aunque haga perder parte de la elasticidad que tendrfa el gobierno puesto en un solo mandatario, no lo paraliza, como si fuesen dos los administradores. El es un tercero en discordia: él contrabalanceará las pasiones de ambos; y de sus mutuas meditaciones y disputas resutarán la sabi– duría y la verdad en la recta administración y no la infracción de las leyes y el despotismo. No tendrá tanta velocidad el poder ejecutivo, más no le faltará la conveniente. Y aunque pudiera decirse que entre tres también podían completarse, pero esto es más dificultoso, pres– cindiendo de los ligamentos del honor y responsabilidad que los con– tienen. Y sobre todo, hombres se han de encargar de este importante negocio, hombres, que por muy buenos que sean, siempre son corrup– tibles, y lo único de que se trata es de equilibrar sus pasiones, para que no se maleen. Es preciso pues equilibrar las fuerzas y perder algo de la movilidad para ganar en la inteligencia y rectitud de la admi– nistración. Este modo de proceder equilibrado nos lo enseñan la naturaleza en lo ·físico y la moral en las costumbres, antes de la formación del mun– do en que todo era un caos; más luego que la sabiduría del Creador dividió los elementos y los puso en contrapeso, el poder físico llenó exactamente sus fines. Por eso dijo sabiamente el Solitario de Sayán, en el número 45 del "Correo Mercantil'\ que la oposición de la natu– raleza tenía a toda la naturaleza en equilibrio. Ahora, contrayéndonos a la moral y a las virtudes. Estas dejan de ser tales, en el instante que sobrepasan sus límites: ellas consisten en un tér~ino proporcionado y medio; y deflectiendo de la norma de la prudencia, declinan a los extremos que son los mismos vicios. Con-

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