Relaciones de viajeros

RELACIONr:.s úE vtAJEROS 435 estuviesen preparadas, disculpándose por: su pobreza, lo que no le permitía proporcionarnos otra cosa. Una piel estirada en un marco de madera, colocada a una altura pequeña, nos servía como mesa; sobre ella fue puesto un tazón de madera y, con dos cucharas hechas de cuerno, pudimos llevar la sopa a nuestros medio hambrientos labios. El lugar que nos habían dado para descansar, estaba plenamen– te de acuerdo con la comida que habíamos tenido anteriormente. En la tierra y en una choza nueva sin terminar extendimos nues– tras camas con las monturas como almohadas, tal como se había hecho costumbre en nosotros desde el principio del viaje. Podría suponerse que la amapola con toda su alucinante influen– cia hubiera cerrado rápidamente, alrededor de nosotros, la cortina del olvido, y, por lo tanto, nos prometimos a nosotros mismos nada menos que un reconfortante descanso. Si el lector ha sido alguna vez víctima de una fiebre abrasadora con todas sus consecuencias, desasosiego y acaloramiento, podrá darse cuenta de nuestro irasci– ble estado de mente y cuerpo. Sumemos a esto, que la choza no tenía techo, que la luna llena penetraba a través del espacio abierto y que el cielo azul sin nubes, tenía un esplendor que podía competir con la luz del día; estando cerca de su cenit, nuestra choza aparecía ilu– minada con el rico despliegue de sus rayos de plata. Cerramos los ojos y tratamos, en vano, de olvidar todo hasta la media noche, cuando pisadas de caballos y la proximidad de indios, nos hizo mover de nuestra anterior posición. Como siempre estába– mos en guardia para evitar sorpresas y robos, nuestro guía se aterró cuando, al entrar, nos vio parados con las pistolas amartilladas lis– tos para recibirlo. Nos comunicó en pocas palabras que el Gober– nador, teniendo necesidad de dejar el pueblo por razones de orden público, había mandado traer las mulas, ya que tenía que apresurar la salida de los viajeros antes de su partida. Lo extraño de la hora y la excusa tan inverosímil del Gobernador en conexión con ciertas circunstancias sospechosas, nos dejó con la creencia de que estaban tramando algo contra nosotros. Los guías habían comunicado de un lado a otro, que yo pagaba pródigamente por todo, cosa bastante rara para los viajeros de esta época; sa– biendo que llevaba conmigo una suma de dinero que podría tentar a la pobre gente que nos hospedaba y guiaba en nuestro recorrido, no me hubiera sorprendido en lo más mínimo, la actitud que ahora sospechaba. Bien armados, no teníamos miedo a un ataque, y habiendo revi– sado cuidadosamente nuestras pistolas frente al Gobernador y a la gente ahí reunida, subimos a nuestras cabalgaduras y partimos, de

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