Relaciones de viajeros
434 ESTUARDO NU~EZ tal manera, que hicimos ver al Gobernador, que estábamos prepara– dos para cualquier emergencia que pudiera acontecernos. O el pro– pósito del Gobernador había cambiado, o nosotros nos habíamos equivocado, puesto que continuamos nuestro camino sin ser mo– lestados otra vez. Ya en este tiempo nos hallábamos en medio de los Andes. Enor– mes montañas se encumbraban en torno de nosotros en rústica su– blimidad. Nuestro camino en muchas partes no daba paso a dos caballos con seguridad, y no obstante de un lado no había más que rocas perpendiculares en ingentes masas, y del otro un espantoso precipicio que al mirarle se le desvanecía a uno la cabeza. Allá en el fondo de este derrumbadero horroroso se dejaba ver a veces el río Barranca al vislumbre de los rayos de la luna teverberados por las aguas que a borbollones corrían como enfurecidas por el choque contra su pedregoso lecho. Los dos días anteriores habíamos tenido buena necesidad de precaución en muchos parajes que habíamos pasado, pero el peligro fue momentáneo y de un carácter común; este era diferente, pues duraba por muchas leguas sin intermisión y nos advertía constantemente, que un paso falso de la mula precipitaría al pobre jinete a la eternidad haciéndole mil pedazos. Aunqu_e las mulas son proverbialmente seguras de pies, nuestro cuidado era in– cesante, y como el medio más seguro contra el peligro de una caída, nos echamos hacia el lado opuesto del camino para en caso de que la mula tropezase como podía suceder. Habíamos ya pasado con todo eso sin novedad por muchos em– pinados y dificultosos despeñaderos, cuando un poco después de amanecer y no lejos de Marca, se nos presentó una laja lisa y pen– diente que cruzaba enteramente nuestra senda. El guía y mi compa– ñero pasaron uno después de otro sin novedad, pero quiso mi mala suerte que resbalase mi mula y cayese de costado. Por fortuna mía no me faltó presencia de ánimo para poner en práctica una determi– nación, y así me dejé ir fuera de la laja, zafándome bonitamente de la mula sin mayor rozadura o daño de gravedad. Cuando no tenía ya que temer por mi persona, me asaltaron los más viv9s recelos por la seguridad de la mula, silla, freno, pistolas y fundas, que era de te– merse se perdiese todo al probar a levantarse la bestia; de cuyo pe– noso cuidado me sacó muy pronto el ver al pobre animal ponerse en pie, guardando un perfecto equilibrio sin inclinarse un paso hacia el precipicio, como advertida por instinto del peligro a que estaba expuesta. Pocas horas después llegamos a Marca, última población de este lado de los Andes, y nuestro único lugar de descanso hasta descender por la parte de la Sierra. Aquí encontramos una villa con cosa de
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx