Relaciones de viajeros
RELACIONES DE VIAJEROS 437 nos que locura pensar en otra cosa, mientras nos quedaban los medios de hacerlo así. Poca mudanza se observó del día a la noche excepto que arreciaba más el frío. Las nieves de la cordillera des– pedían un brillo mas pálido, arrojando en torno de nosotros los reflejados rayos de una luna llena, y comunicándonos una luz ca– paz de hacernos percibir los más pequeños objetos. En medio de esto, descubrimos que si la luna se hub ·era oscurecido o fuese me– nos brillante, habría sido imposible, aun con la experiencia de nues– tro guía, el descender hasta por la mañana, porque por gran parte del camino no había rastro alguno sobre aquellas duras rocas de pedernal de ninguno que nos hubiese precedido. Después de haber gastado algunas horas en bajar, arreando nuestras mulas cuanto era posible, se agravó tanto el mal de Mr. H., que temí se cayese de la silla, y ansioso por saber de algún paraje habitado para descan– sar, dirigí la palabra al guía por primera vez, pero él no me res– pondió: le repito la misma pregunta, y él guarda el mismo porfiado silencio. Impaciente con la fatiga del camino, y enfadado de la que yo creí ser insolencia de parte suya, prorrumpí en amenazas en vez de preguntas, y por la confusión y habla ininteligible del pobre hombre me desengañé de que no sabia el castellano. En tan críticas circunstancias, el único consuelo que podia dar a Mr. H. era exhor– tarle a que llevase con fortaleza sus padecimientos, y sobrellevan– do varonilmente sus dolores y quebrantamientos, llegamos después de media noche a Aracuai, villa de indios a la falda de la Cordille– ra. Una torre de iglesia salía casi del centro de aquella población de adobes, la que según lo grande que parecía, podría contener co– sa de dos mil habitantes. Nuestro guía nos condujo por unas calles estrechas a la casa del Cura, donde después de haber llamado por largo tiempo, habló con un soldado en su idioma nativo, y luego le seguimos a casa del Gobernador. En medio del cuarto donde fuimos admitidos había una mesa tosca, y a la luz de un agitado tizón, vímos una porción de oficiales y otros viajantes acostados en el suelo con las sillas de montar por almohadas. A nosotros nos repugnaban el desaseo, miseria y hábitos brutales de la gente, pero si acaso nos quedaba aún este sentido, estaba ya tan embotado por la repetición de las mismas escenas, que no tuvimos mayor reparo en tendernos al lado de algunos de los dormidos viajantes, y pronto se apoderó de noso– tros un sueño profundo y reconfortante. Ya era mucho después que el sol había esparcido sus oblicuos rayos sobre las cordilleras cuando despertamos, echando de ver que todos los compañeros de dormitorio se habían marchado, y que nuestra dura cama ra un
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