Relaciones de viajeros

RELACIONES DE VIAJEROS 221 naletas de madera colocadas debajo pero que no eran cañerías. Al momento de nuestra llegada la gente de la chacra estaba preparan– do cachaza, un licor destilado del jugo de la ·caña. Compramos una medida de cuatro botellas de vino llenas por un peso y pagamos un real por el recipiente. No conseguimos nada de azúcar, dado que el gobernador de Puerto Balsa la había llevado toda consigo en su última excursión. Había alrededor de una docena de indios en el molino y después vimos algunos de ellos partir en canoas para traer caña. .,.¡ Al acercarnos a una playa, durante la mañana, vimos varias aves de rapiña en medio de las cuales estaba el rey de éstas ali– mentándose de un pescado grande que parecía capturado. El ave real se distinguía tanto por su tamaño como por su color. Dispa– ré y creí haberle herido con el contenido de los dos cañones de la escopeta, pero siendo el perdigón demasiado pequeño para pro– ducirle mucho efecto, se elevó ligeramente desconcertado, hacia la copa de uno de los más altos árboles; disparé con plomo nueva– mente pero no le alcancé. Alrededor de medio día, nos detuvimos para almorzar y como la forma como nuestros canoeros preparan sus alimentos es muy original, trataré de describirla. El primer paso era buscar una playa suficientemente alta sobre el nivel del río para que estuviera completamente seca; de ser posible, una en la cual pudieran ser– vir como combustible los leños flotantes depositados allí. Encon– trada la playa se varan las canoas y se aseguran a una estaca cla– vada en la arena de la longitud de una pértiga de bote. Los. in– dios no pierden tiempo en saltar a tierra con sus cuchillos, ma– chetes, etc., y corren en distintas direcciones para recoger made– ra y ramas secas. Después de reunir suficiente combustible, uno asumió la responsabilidad de actuar como cocinero, encendió fue– go, mientras que los otros pelaban plátanos y yucas, lavaban la carne y la cortaban en trozos de tres o cuatro pulgadas cuadradas. Se mostraron hábiles y rápidos en encender el fuego. Con un pe– dernal y acero (que un indio nunca deja de llevar consigo, gene– ralmente en una alforja cruzada en su hombro) se encendió el fue– go en una corteza mantenida en un trozo de bambú hueco, o en la médula de áloe, también dentro de una pieza de bambú. Dis– ponen ciudadosamente estacas de modo que sus terminales se unan, dejando espacio para el aire y colocan leños al costado pa– ra apoyar y proteger este fogón. Si las estacas no estaban suficien– temente secas, entonces se arrancaba cortezas y pedazos de tron– cos mayores y más secos y en unos cuantos minutos ardía el fue-

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