Relaciones de viajeros

222 ESTUARDO NU~EZ go. Estando éste listo, se juntaban en una vasija las provisiones que habían sido preparadas y se hervían excepto algunos plátanos que eran tostados, lo más maduros con su cáscara, los verdes pe– lados, como substituto para el pan. Descubrimos que los indios preferían invariablemente mono seco al jabalf seco, escogiendo siempre el primero cuando podían hacerlo y aun robando de éste cuando era lo último que les quedaba. La yuca es una especie de mandioca, pero no venenosa. Cuando está hervida, particularmen– te con carne, tiene el sabor muy parecido a la castaña española tostada. Cuando el alimento. ha hervido suficientemente se le saca del fuego y con los indios sentados alrededor, cada uno se sirve mientras quede algo comible. Devorando todo corren al río hasta la profundidad de sus rodillas y en cuclillas se arrojan con las manos sobre cabezas y espaldas, después de lo cual beben grandes tragos de chicha hecha de yucas masticadas por sus esposas y rela– cionadas femeninas, en lo que habían estado ocupadas desde antes que iniciaran el viaje y que mantienen en vasijas de barro cubier– tas con hojas y que para beber mezclan con agua de una calabaza grande. Cuando todo ha terminado, sus cuerpos parecen estar a punto de reventar; así satisfechos se vuelven muy alegres. Los ha– llamos voluntariosos, de buen carácter y no nos dieron ninguna di– ficultad. El preparar y devorar sus alimentos toma a nuestros in– dios normalmente de una hora a hora y media. Al dejar la playa, pasamos dos o tres chacras, pero estaban tan escondidas por la jungla en la ribera que apenas pudimos ver– las. Durante la primera parte del día el río ofrecía muchos mean- • dros en la misma forma que la tarde anterior, pero las curvas eran de mayor longitud, llevando por lo general una dirección E. y S. La apariencia del río también había cambiado, las riberas se hacían más pronunciadas y había menos playa. Sin embargo, ha– bía tan poca profundidad que mi canoa varó. Hacia el atardecer encontramos más playas, y, entre las cinco y seis, paramos en una para pasar la noche. Al bajar de las canoas, observamos huellas frescas de un animal sobre la arena. La ma– yor era del tamaño de la mano de un hombre. El animal parecía tener tres dedos grandes y uno pequeño en las patas delanteras y sólo tres en las patas posteriores. Había venido del bosque, cru– zado el río, y no había huellas de regreso. Los indios le llaman roonsookas, y otros, lecheros o ciervos. Mientras cocinábamos, el cielo se nubló y ennegreció con true– nos y relámpagos a la distancia. Los indios armaron un refugio temporal, apoyado en cuatro palos gruesos clavados en la arena

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