Fénix 46, 227-231
–230– F énix n .° 46 / 2017 centro de la cultura griega en Roma. Asimismo, en la ciudad de Éfeso construyó otra biblioteca, pero no tenía la elegancia que quería darle con el fin de que se pareciera a la del Museo de Alejandría. Adriano recordaba la inscripción que Plotina deseó grabar en el umbral de una biblioteca: «Hospital del alma». El rey Tolomeo I fue quien heredó la parte más rica del imperio de Alejandro, y fue quien fundó el Museion (museo) de Alejandría. Plutarco narra que el bibliotecario Demetrio aconsejó a Tolomeo que com- pilara libros que versaran sobre el arte de gobernar y las formas del ejercicio del poder. Las bibliotecas de Atenas y Rodas fueron centros en donde se realizaban con fre- cuencia el comercio de libros griegos. Tolomeo III (246-221 a. C.) ordenó que todos los barcos que llegaran al puerto de Alejandría debían ser inspeccionados y todos los libros que llevaran a bordo tenían que ser requisados posteriormente para la biblioteca. En la biblioteca de Alejandría se copiaban estos libros y una copia era entregada a su dueño, pero el original se quedaba en la biblioteca. La biblioteca de Alejandría fue la más grande del mundo antiguo, algunos investigadores afirman que su destrucción fue lenta debido a la permanente sucesión de guerras, tal como la ocurrida «en el año -48, durante la breve guerra de Alejandría de Julio César, la Biblioteca Real fue accidentalmente destruida o, al menos, reducida por el fuego; se perdieron cuatrocientos mil rollos». 6 La ciudad de Pérgamo se ubicaba en una colina, en ella se encontraba una biblio- teca que se consideraba la única que podía competir con la de Alejandría. En el Palace Atenea se rendía culto a la deidad patrona de esta ciudad, y en la biblioteca se encon- traba una gran estatua de la diosa Atenea, copia de la famosa obra del escultor Fidias. La sala mayor de la biblioteca tenía alrededor de 200 000 rollos, contenía materiales griegos y no griegos, pero en mayor volumen que la biblioteca de Alejandría. Uno de los relatos de Plutarco menciona que la biblioteca de Pérgamo fue el obsequio que entregó Marco Antonio a la última reina Tolomea de Egipto, Cleopatra, la misma que contaba con cerca de doscientos mil libros. Existe una leyenda que dice que Demetrio de Falero, un bibliotecario real, conven- ció al rey para que solicitara a los sacerdotes setenta eruditos, quienes debían traducir las sagradas escrituras del hebreo al griego. Producto de este largo y dedicado trabajo fue la llamada «versión de los setentas», que es utilizada hasta la actualidad por la Igle- sia ortodoxa griega. Podemos decir que Adriano era un bibliófilo desde todo punto de vista, su preocu- pación iba más allá de la simple —que no era nada simple— concepción y edificación de una biblioteca. También tuvo gran interés en conservar documentos importantes y preservar las copias de los mismos. Para este especial encargo buscaba el apoyo im- portantísimo de escribas que reproducían los documentos. Guardar adecuadamente el legado cultural que significaba preservar el patrimonio cultural era de una gran responsabilidad que Adriano cumplía con gran fruición; incluso temía la posibilidad 6 Lerner, F. (1999). Historia de las bibliotecas . Buenos Aires: Editorial Troquel, p. 38. Fénix: Revista de la Biblioteca Nacional del Perú. N.46, 2017
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